Hay una frase que circula, a veces con buena intención y a veces con pereza espiritual: «No necesito seminario; tengo la unción». Suena piadosa. Es teológicamente falsa. El bautismo en el Espíritu Santo, tal como lo confiesan las Asambleas de Dios, es investidura de poder para la vida y el servicio; no es un diploma invisible que dispense al creyente de manejar con rectitud la Palabra de verdad (Concilio General de las Asambleas de Dios [CGAD], s. f., art. 7; 2 Timoteo 2:15). En el Seminario Bíblico de las Asambleas de Dios de Guayaquil (SEBAD-G) y en la Conferencia Evangélica de las Asambleas de Dios del Ecuador (CEADE), esta convicción no es un eslogan institucional: es la herencia del pentecostalismo clásico. Este artículo sostiene que unción y estudio no son rivales. El Espíritu que llena es el Espíritu que enseña, y la iglesia que apaga cualquiera de los dos se empobrece.
Una falsa disyuntiva que la Biblia no autoriza
La Escritura nunca presenta al Espíritu Santo como sustituto de la Palabra, ni a la Palabra como sustituto del Espíritu. Jesús prometió el Paráclito como «Espíritu de verdad» que «os guiará a toda la verdad» y que «os recordará todo lo que yo os he dicho» (Juan 14:26; 16:13). Guiar y recordar presuponen un contenido ya revelado. El Espíritu no inventa un evangelio paralelo; ilumina el evangelio ya dado.
El mismo Señor que mandó a los discípulos esperar «la promesa de mi Padre» (Lucas 24:49; Hechos 1:4) es el que, resucitado, «les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras» (Lucas 24:45). Antes de Pentecostés hubo apertura de la mente a la Biblia. En Pentecostés hubo poder para testificar de lo comprendido. Separar esos momentos como si uno cancelara al otro es desobedecer a ambos.
Pablo, hombre de profunda experiencia carismática —hablaba en lenguas más que todos (1 Corintios 14:18), anhelaba «el poder de su resurrección» (Filipenses 3:10)— no dejó de ser teólogo. Escribía cartas densas, argumentaba desde la Ley y los Profetas, y pedía que se leyeran públicamente (Colosenses 4:16; 1 Tesalonicenses 5:27). A Timoteo, su hijo en la fe, no le dijo: «espera solo la unción». Le dijo: «Ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza» y «no descuides el don que hay en ti» (1 Timoteo 4:13-14). Lectura y don conviven en el mismo párrafo.
La metáfora de 2 Timoteo 2:15 sigue siendo decisiva: el obrero aprobado usa bien la palabra de verdad. Un obrero puede ser empoderado y, al mismo tiempo, torcer el texto. La historia de la iglesia —y no pocos púlpitos contemporáneos— lo demuestra. Por eso la unción no reemplaza el estudio: lo exige.
Qué enseñan las Asambleas de Dios sobre el bautismo en el Espíritu
Para no hablar de «unción» en abstracto, conviene citar la doctrina tal como la confraternidad la ha recibido. El artículo 7 declara que todos los creyentes tienen el derecho de recibir y deben buscar fervientemente la promesa del Padre, el bautismo en el Espíritu Santo y fuego, según el mandato del Señor Jesucristo. Esa fue «la experiencia normal y común de toda la primera iglesia cristiana». Con ella viene «una investidura de poder para la vida y el servicio y la concesión de los dones espirituales y su uso en el ministerio». Dicha experiencia «es distinta a la del nuevo nacimiento y subsecuente a ella» (CGAD, s. f., art. 7; Lucas 24:49; Hechos 1:4, 8; Hechos 8:12-17; 10:44-46; 11:14-16; 15:7-9).
El artículo añade frutos que no son espectáculo: ser lleno del Espíritu, una reverencia más profunda para Dios, una consagración más intensa y un amor más activo para Cristo, para su Palabra y para los perdidos (CGAD, s. f., art. 7; Juan 7:37-39; Hechos 2:42-43; Marcos 16:20). Nótese el detalle: el bautismo en el Espíritu aumenta el amor por la Palabra; no lo disminuye.
El artículo 8 afirma que la evidencia física inicial de este bautismo es «hablar en otras lenguas como el Espíritu los dirija» (CGAD, s. f., art. 8; Hechos 2:4). El hablar en lenguas en este caso es esencialmente lo mismo que el don de lenguas, pero diferente en propósito y uso (1 Corintios 12:4-10, 28). Las Asambleas de Dios no son cesacionistas: no enseñan que los dones murieron con los apóstoles. Tampoco son unicitarias: confiesan al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo como el único Dios verdadero en distinción de personas (CGAD, s. f., art. 2).
El Presbiterio General de las Asambleas de Dios (2010) ha reafirmado esta enseñanza en su documento de posición sobre el bautismo en el Espíritu Santo, citando los mismos artículos y las mismas Escrituras. La doctrina no es un añadido reciente ni un «énfasis de campaña»: es parte del evangelio completo que la confraternidad predica.
El propósito es el testimonio, no el atajo intelectual
Allen Tennison (2024) ha insistido en un punto que todo seminario pentecostal debería escribir en la puerta del aula. El artículo 7 explica el bautismo en el Espíritu sin mencionar las lenguas; el artículo 8 trata la evidencia inicial por separado. Confundir ambas cosas lleva a buscar un lenguaje de oración como fin en sí mismo, y no el poder para hablar de Jesús. «No somos bautizados en el Espíritu Santo solo para orar en lenguas, sino para poder hablar en nuestro propio idioma sobre Jesús a quienes nos rodean» (Tennison, 2024).
Si el propósito es Hechos 1:8 —«recibiréis poder… y me seréis testigos»—, entonces la formación teológica no es un estorbo a la unción: es el cauce por el cual el testigo sabe qué testificar. Pedro, lleno del Espíritu, no se limitó a un éxtasis. Interpretó Joel, expuso el plan de Dios en Jesús de Nazaret, llamó al arrepentimiento y al bautismo, y anunció el don del Espíritu (Hechos 2:14-39). La unción lo puso de pie; el conocimiento de las Escrituras le dio el sermón.
Stanley M. Horton, teólogo pentecostal de las Asambleas de Dios, dedicó una obra entera a recorrer la Biblia libro por libro para mostrar quién es el Espíritu y qué hace (Horton, 2005). El título mismo —What the Bible Says About the Holy Spirit— es un programa: lo que creemos del Espíritu debe salir de lo que la Biblia dice, no de lo que la emoción dicta. Estudiar al Espíritu no apaga al Espíritu. Lo honra.
Tennison (2024) añade otra advertencia pastoral: algunos creyentes crecieron temiendo los llamados al altar porque vivían el bautismo en el Espíritu como un obstáculo que había que «lograr», no como un don que se recibe. Esa ansiedad se cura con teología, no con más presión. El don «se recibe, no se gana». Precisamente por eso hace falta enseñar bien: para que nadie confunda la gracia con una técnica, ni la espera con un fracaso.
Distinciones que solo el estudio serio permite guardar
Sin formación, las experiencias se aplastan unas sobre otras y se pierden las distinciones bíblicas que el pentecostalismo clásico ha cuidado.
El nuevo nacimiento no es el bautismo en el Espíritu. Todo creyente recibe al Espíritu en la regeneración (Romanos 8:9; Tito 3:5-7). Las Asambleas de Dios enseñan, sin embargo, que el bautismo en el Espíritu es distinto y subsecuente, aunque en algunos relatos —como el de Cornelio— ambas realidades ocurran en rápida sucesión (Hechos 10:44-48; CGAD, s. f., art. 7; Presbiterio General de las Asambleas de Dios, 2010). Sin estudio, unos niegan la subsecuencia y se vuelven cesacionistas prácticos; otros niegan la regeneración previa y hacen de las lenguas la puerta de la salvación. Ambos errores dañan al pueblo.
La santificación no es un instantáneo que reemplace el crecimiento. «La santificación es un acto de separación de todo lo malo, y de dedicación a Dios» y se efectúa cuando el creyente, por fe, vive su unión con Cristo y somete sus facultades al Espíritu (CGAD, s. f., art. 9; Romanos 6:1-11; 12:1-2; Hebreos 12:14). El bautismo en el Espíritu tiene un impacto santificador —una consagración más intensa—, pero no se confunde con la santificación (Tennison, 2024). El obrero que «ya fue lleno» y por eso deja de vigilar su carácter está en peligro.
Las lenguas como evidencia inicial no son todo el propósito. Si el aula solo discute si «ya habló», el estudiante no aprenderá hermenéutica, ética pastoral, doctrina de la salvación ni misión. Tennison (2024) cuenta que pedía a sus alumnos escribir todo lo que supieran del bautismo en el Espíritu sin mencionar las lenguas, y muchos se quedaban en blanco. Ese vacío no se llena con más unción improvisada; se llena con enseñanza.
La Trinidad no se negocia en nombre de un «Jesús solamente». El título Señor Jesucristo «nunca se le aplica al Padre ni al Espíritu Santo» en el Nuevo Testamento (CGAD, s. f., art. 2). El Espíritu procede del Padre y del Hijo; las personas no se confunden. Una unción real no produce una teología unicitaria. Cuando alguien dice «el Espíritu me reveló» algo que contradice Mateo 28:19 y 2 Corintios 13:14, la iglesia debe preferir la Escritura a la impresión.
Estas distinciones no nacen de la sospecha hacia el Espíritu. Nacen del amor al Espíritu de verdad.
El testimonio de Hechos: poder, Escritura y corrección
El libro de los Hechos, tan querido por los pentecostales, es también un manual contra el antiintelectualismo.
En Samaria, la gente creyó y fue bautizada en agua por la predicación de Felipe; después Pedro y Juan oraron para que recibieran el Espíritu Santo (Hechos 8:12-17). Hay secuencia, hay doctrina, hay imposición de manos. Hay también un Simón que quiere comprar el poder: la unción sin formación ética produce mercantilismo. Pedro lo reprende con dureza (Hechos 8:18-24).
En el camino de Gaza, el eunuco lee a Isaías y no entiende. El Espíritu envía a Felipe no a sustituir el texto, sino a explicarlo, «comenzando desde esta escritura» y anunciándole el evangelio de Jesús (Hechos 8:30-35). El Espíritu ama la exposición.
Apolos, ya lo vimos, era fervoroso e instruido, y aun así necesitó que se le expusiera «más exactamente el camino» (Hechos 18:26). Luego, «con gran vehemencia refutaba públicamente a los judíos, demostrando por las Escrituras que Jesús era el Cristo» (Hechos 18:28). Vehemencia y demostración. Fuego y argumento.
Los judíos de Berea «eran más nobles», porque recibieron la palabra «escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así» (Hechos 17:11). Escudriñar no es falta de fe. Es nobleza. Un aula de seminario que enseña a escudriñar está más cerca de Berea que un culto que prohíbe preguntar.
La CEADE nació de campañas y de aulas
La historia ecuatoriana ilustra la tesis. La obra de las Asambleas de Dios en el Ecuador se abre en 1962 con predicación evangelística, fe y sanidad divina. La CEADE recuerda la cruzada del Estadio Ramón Unamuno, el respaldo del misionero Lowell Dowdy y el primer culto el 11 de noviembre de 1962 (CEADE, s. f.). Allí hubo poder. Allí hubo almas. Y muy pronto hubo escuela.
En 1964 empezaron las clases para obreros en el hogar de los Dowdy. En 1965, Pablo e Ileen Cooper establecieron el Instituto Bíblico (IBAD) en el Centro Evangelístico (CEADE, s. f.; SEBAD-G, s. f.-b). El mismo pueblo que había visto milagros entendió que los convertidos necesitaban maestros. No se dijo: «ya vimos el poder; el estudio sobra». Se dijo, en la práctica, lo que Pablo dijo a Timoteo: encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar.
El SEBAD-G se presenta hoy como institución teológica de la CEADE, semillero de siervos, espacio de desarrollo ministerial, capacitación continua y crecimiento espiritual (SEBAD-G, s. f.-a). Esa triple insistencia —dones, academia, fe— es la traducción institucional de «unción y estudio». El rector Francisco Robles ha pedido a los estudiantes que sean sujetos reflexivos y críticos, y a los profesores que creen escenarios reales de compromiso con el llamado (SEBAD-G, s. f.-b). Reflexión crítica no es incredulidad. Es el Berea ecuatoriano.
Cuando, en 1973, obreros nacionales viajaron al Instituto de Superación Ministerial (ISUM) en Lima para «tener mayor conocimiento y poder predicar con eficacia la Palabra de Dios» (CEADE, s. f.), no estaban traicionando su pentecostalismo. Estaban madurándolo. El lema histórico del ISUM, «conocimiento y fervor» (Instituto de Superación Ministerial, s. f.), resume lo que este artículo defiende.
Los peligros de separar lo que Dios juntó
Unción sin estudio produce, tarde o temprano, un ministerio frágil. Se predica por ocurrencias. Se cita un versículo fuera de contexto para sostener una campaña. Se confunde el volumen con la autoridad. Se abre la puerta al evangelio de la prosperidad extrema, que convierte la fe en una técnica de conquista material y olvida la cruz, el arrepentimiento y la santidad. Se abre también la puerta a revelaciones privadas que desplazan a la Escritura como regla infalible (CGAD, s. f., art. 1). El pueblo, hambriento de Dios, recibe espectáculo y se queda sin discipulado.
Estudio sin unción produce otro género de pobreza. Se puede manejar vocabulario teológico y no temblar ante el texto. Se puede explicar Hechos 2 y no buscar ser lleno. Se puede volver cesacionista de hecho: se afirma la inspiración de la Biblia y se niega, en la práctica, que el Espíritu siga invistiendo de poder, sanando y dando dones. Las Asambleas de Dios no caminan por esa senda. El artículo 10 afirma que la confraternidad existe para enseñar y alentar a los creyentes a ser bautizados en el Espíritu Santo, a fin de evangelizar con poder, profundizar la adoración y edificar el cuerpo con frutos, dones y ministerios (CGAD, s. f., art. 10).
El equilibrio bíblico no es una media aritmética tibia. Es plenitud: «llenos del Espíritu» (Efesios 5:18) y «la palabra de Cristo more en abundancia en vosotros» (Colosenses 3:16). Los dos versículos se iluminan mutuamente. El que está lleno del Espíritu canta, agradece y se sujeta. El que está lleno de la Palabra enseña y amonesta con sabiduría. Un seminario pentecostal que ore poco se vuelve instituto seco. Un altar que no estudie se vuelve altar supersticioso.
Aplicación para estudiantes, púlpitos y altares en el Ecuador
Al estudiante del SEBAD-G hay que decirle: no vengas a apagar tu sed del Espíritu; ven a darle cauce. Ora en el aula y fuera de ella. Busca el bautismo en el Espíritu si aún no lo has recibido, y busca ser lleno de nuevo si ya lo recibiste (Efesios 5:18; Hechos 4:31). Y, al mismo tiempo, lee con disciplina, escribe con honestidad, deja que te corrijan, aprende idiomas bíblicos si puedes, y no te avergüences de un examen. Presentarte aprobado incluye el cuaderno.
Al pastor hay que decirle: no temas que tus obreros estudien. El obrero formado no es una amenaza para tu púlpito; es una respuesta a Efesios 4:12. Reserva tiempo en el culto para la Palabra y para la oración. No reduzcas el altar a un trámite entre servicios. Tennison (2024) advierte que, cuando las congregaciones no buscan a Dios corporativamente, el bautismo en el Espíritu se vuelve una rareza de campamento y deja de ser la experiencia normal de la iglesia. El estudio semanal y la espera en oración se necesitan mutuamente.
A la congregación hay que decirle: no idolatres ni al predicador «ungido» que no se deja enseñar, ni al predicador «ilustrado» que se burla del pentecostés. Pidamos siervos que amen la Biblia y amen al Espíritu. Sostenamos el seminario con oración, ofrenda y envío de llamados. En un Ecuador de múltiples voces religiosas, la iglesia que forma obreros bíblicos y pentecostales está protegiendo a sus hijos.
Finalmente, recordemos que el amor es la consecuencia sostenida de una vida llena del Espíritu (Tennison, 2024; Gálatas 5:22-23; Juan 13:34-35). Si el estudio endurece y la unción ensoberbece, algo se ha torcido. El Espíritu de Cristo produce siervos, no celebridades.
Conclusión
El bautismo en el Espíritu Santo es promesa del Padre, mandato de Cristo e investidura de poder. Las Asambleas de Dios lo predican sin rubor, con la evidencia inicial de Hechos 2:4 y con el propósito de Hechos 1:8. Precisamente por eso no pueden aceptar que esa doctrina se use como excusa para no estudiar. El Espíritu de verdad no forma obreros ignorantes. Forma testigos que saben dar razón de su esperanza (1 Pedro 3:15) y que no se avergüenzan de la Palabra.
Unción y estudio: las dos rodillas del ministro pentecostal. Con una sola, se cojea. Con las dos, se camina hacia el púlpito, hacia la calle y hacia las naciones. Que el SEBAD-G y las iglesias de la CEADE sigan enseñando a una generación a esperar el fuego sin apagar el libro, y a abrir el libro sin apagar el fuego.
Referencias
Concilio General de las Asambleas de Dios. (s. f.). Declaración de verdades fundamentales. https://ag.org/es-ES/beliefs/Statement-of-Fundamental-Truths
Conferencia Evangélica de las Asambleas de Dios del Ecuador. (s. f.). Sobre nosotros. https://ceade.ec/sobre_nosotros
Horton, S. M. (2005). What the Bible says about the Holy Spirit (Ed. rev.). Gospel Publishing House. (Obra original publicada en 1976)
Instituto de Superación Ministerial. (s. f.). Instituto de Superación Ministerial. https://isumad.org/
Presbiterio General de las Asambleas de Dios. (2010). Baptism in the Holy Spirit [Documento de posición]. https://ag.org/Beliefs/Position-Papers/Baptism-in-the-Holy-Spirit
Santa Biblia Reina-Valera 1960. (1960). Sociedades Bíblicas Unidas.
Seminario Bíblico de las Asambleas de Dios de Guayaquil. (s. f.-a). Seminario Bíblico de las Asambleas de Dios – Guayaquil. https://sebad-gye.org/
Seminario Bíblico de las Asambleas de Dios de Guayaquil. (s. f.-b). Sobre nosotros. https://sebad-gye.org/sobrenosotros/
Tennison, A. (2024, 21 de agosto). Lo que creemos sobre el bautismo en el Espíritu Santo. Influence Magazine. https://influencemagazine.com/es-ES/Practice/What-We-Believe-About-Spirit-Baptism



