La iglesia pentecostal ama el fuego del Espíritu, y hace bien. Pero el mismo Espíritu que descendió en Pentecostés es el Espíritu que inspiró las Escrituras y que sigue formando siervos capaces de manejar con rectitud la Palabra de Dios. En las Asambleas de Dios del Ecuador, la educación teológica no nació como un adorno cultural ni como una imitación de la academia secular: nació como obediencia. Desde las primeras clases para obreros en el hogar de los misioneros Lowell y Virla Dowdy, en 1964, hasta el Seminario Bíblico de las Asambleas de Dios de Guayaquil (SEBAD-G), la Conferencia Evangélica de las Asambleas de Dios del Ecuador (CEADE) ha entendido que el llamado al ministerio exige estudio diligente, carácter probado y fidelidad doctrinal (Seminario Bíblico de las Asambleas de Dios de Guayaquil [SEBAD-G], s. f.-b; Conferencia Evangélica de las Asambleas de Dios del Ecuador [CEADE], s. f.). Este artículo expone, con base en las Escrituras y en las Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, por qué formar obreros aprobados es un mandato bíblico y no una opción pastoral.
La Palabra inspirada: fundamento de toda formación
Las Asambleas de Dios afirman que las Escrituras, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, «son verbalmente inspiradas por Dios y son la revelación de Dios para el hombre, la regla infalible y autoritaria de fe y conducta» (Concilio General de las Asambleas de Dios [CGAD], s. f., art. 1; 2 Timoteo 3:15-17; 1 Tesalonicenses 2:13; 2 Pedro 1:21). Si la Biblia es regla infalible, entonces el ministro no puede contentarse con impresiones vagas, frases sueltas o un repertorio de experiencias. Debe ser un obrero que usa bien esa Palabra.
El apóstol Pablo lo dijo a Timoteo con una urgencia que no ha envejecido: «Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad» (2 Timoteo 2:15). El verbo griego que suele traducirse «usa bien» evoca la imagen de cortar en línea recta: el obrero no tuerce el texto, no lo acomoda a su gusto ni lo reduce a una consigna. La diligencia (spoudázō) no es prisa; es esmero sostenido. Presentarse «aprobado» no es buscar el aplauso de la congregación, sino la aprobación de Dios.
Esa misma carta declara el propósito de la Escritura: es «útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra» (2 Timoteo 3:16-17). La educación teológica, cuando es fiel, no fabrica un profesional religioso distante del pueblo: prepara al hombre y a la mujer de Dios para toda buena obra. En el marco pentecostal, esa buena obra incluye predicar a Cristo, pastorear con integridad, discernir los espíritus, orar por los enfermos y formar discípulos. Ninguna de esas tareas se sostiene a largo plazo sin un manejo recto de la Escritura.
Un pueblo enseñado: el testimonio de las Escrituras
El mandato de formar no comienza en un seminario moderno. Israel fue constituido como pueblo que debía oír, guardar y enseñar la Palabra. «Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es» (Deuteronomio 6:4). Inmediatamente sigue la orden de amar a Dios y de inculcar esas palabras a los hijos, de hablarlas en casa y en el camino (Deuteronomio 6:5-9). La fe bíblica es confesional y pedagógica: se recibe, se memoriza, se transmite.
Cuando el pueblo abandonó esa pedagogía, el juicio no tardó: «Mi pueblo fue destruido porque le faltó conocimiento» (Oseas 4:6). No se trata de un intelectualismo frío, sino de la pérdida del conocimiento de Dios. Esdras, en un tiempo de restauración, «había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar a Israel sus estatutos y decretos» (Esdras 7:10). Inquirir, cumplir y enseñar forman una secuencia que el seminario bíblico todavía debe honrar: el estudio que no conduce a la obediencia es vanidad; la obediencia que no se transmite se extingue en una generación.
En Nehemías 8, Esdras lee el libro de la ley «en el oído de todo el pueblo» y los levitas «hacían entender» la lectura (Nehemías 8:8). Hay aquí un modelo pastoral de alta relevancia para el Ecuador de hoy: la Palabra no se reserva a una élite; se explica al pueblo. El seminario no existe para apartar a los ministros del pueblo, sino para devolverles al púlpito, al aula dominical y a la visita pastoral con mayor claridad.
Jesús, Maestro, y la Gran Comisión como encargo docente
El Señor Jesucristo es, ante todo, Salvador y Señor; también es Maestro. Los Evangelios lo muestran enseñando en sinagogas, en el monte, en casas y junto al mar. Antes de enviar a los Doce, los formó. Antes de la Cruz, les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras (Lucas 24:45). El Cristo exaltado no desactiva esa pedagogía: la universaliza.
La Gran Comisión no se reduce a un llamado emotivo a «ganar almas». Jesús mandó: «Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado» (Mateo 28:19-20). Tres observaciones importan para una eclesiología pentecostal trinitaria.
Primero, el bautismo se administra en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Las Asambleas de Dios confiesan al único Dios verdadero revelado como Padre, Hijo y Espíritu Santo, y rechazan toda reducción unicitaria de la Deidad (CGAD, s. f., art. 2; Deuteronomio 6:4; Mateo 28:19; Lucas 3:22). La educación teológica protege esa confesión.
Segundo, hacer discípulos incluye enseñar a guardar todas las cosas que Cristo mandó. No basta con un mensaje de ingreso. El discipulado es formación continua.
Tercero, la promesa «yo estoy con vosotros todos los días» (Mateo 28:20) no sustituye el trabajo de enseñar: lo sostiene. La presencia de Cristo no nos exime de estudiar; nos da valor para enseñar con fidelidad.
Pablo, Timoteo y la cadena de la transmisión
El Nuevo Testamento no imagina un ministerio improvisado. Pablo dice a Timoteo: «Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros» (2 Timoteo 2:2). Hay cuatro eslabones: Pablo, Timoteo, hombres fieles, otros. La educación teológica es esa cadena hecha institución: no para reemplazar a la iglesia local, sino para servirla.
Los requisitos de Tito 1:9 son exigentes: el anciano debe «retener la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana doctrina y convencer a los que contradicen». Retener, exhortar y convencer presuponen un contenido aprendido, no una ocurrencia del momento. El obrero aprobado no improvisará la doctrina de la salvación, ni la del Espíritu, ni la de la esperanza bienaventurada, porque esas verdades han sido confiadas a la iglesia.
El caso de Apolos es especialmente útil para el pentecostalismo. Era «elocuente» y «poderoso en las Escrituras», «instruido en el camino del Señor» y de «espíritu fervoroso»; con todo, Priscila y Aquila «le expusieron más exactamente el camino de Dios» (Hechos 18:24-26). El fervor no canceló la necesidad de una instrucción más exacta. El don no abolió el discipulado. Una unción genuina no se ofende cuando se le enseña con mayor precisión; se alegra.
En Éfeso, Pablo no se limitó a predicar un domingo. Disputó diariamente en la escuela de uno llamado Tiranno, y «así continuó por espacio de dos años, de manera que todos los que habitaban en Asia, judíos y griegos, oyeron la palabra del Señor Jesús» (Hechos 19:9-10). La misión avanzó porque hubo enseñanza sostenida. El avivamiento de Hechos 19 no es argumento contra el estudio; es argumento a favor de un estudio encendido por el Espíritu.
El ministerio en las Verdades Fundamentales: un triple propósito que exige formación
La Declaración de Verdades Fundamentales no trata el ministerio como un talento espontáneo. El artículo 11 afirma que el Señor «ha provisto un ministerio divinamente llamado y ordenado» con un triple propósito: la evangelización del mundo, la adoración a Dios y la edificación de un cuerpo de santos para perfeccionarlos a la imagen de su Hijo (CGAD, s. f., art. 11; Marcos 16:15-20; Juan 4:23-24; Efesios 4:11-16).
Ese triple propósito coincide con la misión de la Iglesia descrita en el artículo 10: evangelizar, adorar, edificar a los santos y mostrar la compasión de Dios (CGAD, s. f., art. 10). Ninguna de esas dimensiones se improvisó en el primer siglo y ninguna se improvisa hoy. El evangelista necesita manejar el evangelio de la gracia. El dirigente de adoración necesita teología trinitaria, no solo repertorio. El pastor necesita sana doctrina para «perfeccionar a los santos para la obra del ministerio» (Efesios 4:12). El siervo de compasión necesita el carácter de Cristo, no un activismo vacío.
Por eso las Asambleas de Dios, desde sus orígenes, han insistido en que los ministros conozcan la Biblia, las doctrinas de la confraternidad y las prácticas ministeriales. No se trata de un academicismo que apague el llamado. Se trata de honrar el llamado con preparación. El mismo Espíritu que llama es el que da maestros a la iglesia (Efesios 4:11; 1 Corintios 12:28). Menospreciar al maestro es menospreciar un don de Cristo.
Pentecostalismo clásico: poder y doctrina, no poder contra doctrina
Una tentación recurrente en algunos círculos carismáticos es oponer el «Espíritu» al «estudio», como si la unción dispensara de la hermenéutica. El pentecostalismo clásico de las Asambleas de Dios no admite esa falsa disyuntiva. El artículo 7 de las Verdades Fundamentales enseña que todos los creyentes tienen derecho a recibir el bautismo en el Espíritu Santo, experiencia distinta y subsecuente al nuevo nacimiento, que trae investidura de poder para la vida y el servicio (CGAD, s. f., art. 7; Lucas 24:49; Hechos 1:4, 8; Hechos 8:12-17). El artículo 8 afirma que la evidencia física inicial de esa experiencia es hablar en otras lenguas como el Espíritu dirija (CGAD, s. f., art. 8; Hechos 2:4).
Pero esa investidura no es un atajo para evitar 2 Timoteo 2:15. Al contrario: el poder se da para ser testigos (Hechos 1:8), y el testigo debe saber qué anuncia. En el día de Pentecostés, los discípulos no solo hablaron en otras lenguas; Pedro expuso las Escrituras, interpretó a Joel y proclamó a Cristo crucificado y resucitado (Hechos 2:14-36). El primer sermón pentecostal es un modelo de teología bíblica bajo unción.
Allen Tennison (2024), consejero teológico del Concilio General de las Asambleas de Dios, ha recordado que los cristianos de otras tradiciones pueden afirmar los primeros artículos de la Declaración, pero los artículos 7 y 8 son distintivamente pentecostales. Añade, con razón, que de poco sirve estar de acuerdo sin entender. La doctrina del bautismo en el Espíritu no se transmite por eslóganes. Se enseña. Se busca. Se vive. Y se protege de caricaturas: ni se reduce a un espectáculo de lenguas, ni se diluye hasta confundirse con la conversión.
Myer Pearlman, teólogo formativo de las Asambleas de Dios, escribió su clásica exposición doctrinal precisamente para que los obreros conocieran las doctrinas de la Biblia, no solo las sintieran (Pearlman, 1937). Esa herencia —estudio al servicio del púlpito— es la que el SEBAD-G continúa en lengua castellana y en suelo ecuatoriano.
La historia de la CEADE: el mandato hecho escuela
La historia institucional confirma el mandato bíblico. El 15 de septiembre de 1962 llegaron a Guayaquil Lowell y Virla Dowdy, con sus hijos Jonathan y Marcos, «con el propósito de comenzar la obra de las Asambleas de Dios en el Ecuador» (CEADE, s. f.). Esa obra nació en un clima de predicación evangelística y de fe en la sanidad divina, pero no se detuvo en la campaña. En 1964, en el hogar de los Dowdy, se comenzaron clases nocturnas para la preparación de obreros; «de esta manera se dio inicio para establecer el Instituto Bíblico de las Asambleas de Dios del Ecuador hoy el Seminario Bíblico de la C.E.A.D.E.» (CEADE, s. f.).
En 1965, Pablo e Ileen Cooper iniciaron formalmente el Instituto Bíblico de las Asambleas de Dios (IBAD) en el Centro Evangelístico, con 39 estudiantes. Se graduaron ocho obreros cuyos nombres la CEADE aún honra: Rosa Triviño, Antonio Espinoza, Luis Matute, Florencio Medina, José Misco, Marcos Palomeque, Ángel Pilco y Víctor Soriano (CEADE, s. f.). Los dos mejores estudiantes fueron becados para el Instituto de Superación Ministerial (ISUM) en Bogotá. Es decir: desde el principio, la obra ecuatoriana entendió que el obrero local debía ser formado, y que esa formación podía y debía profundizarse.
El SEBAD-G resume esa continuidad con una frase que no es marketing, sino vocación: durante más de sesenta años ha sido «semillero de siervos de Dios» y ofrece capacitación a quienes tienen llamado para servir (SEBAD-G, s. f.-a). Estudiar allí, afirma la institución, es desarrollar dones y adquirir herramientas para el ministerio, crecer en conocimiento y en fe, y buscar una relación continua con Dios (SEBAD-G, s. f.-a). El rector Francisco Robles ha exhortado a estudiantes y profesores a permanecer en la fe, a ser sujetos reflexivos y críticos, y a reafirmar el compromiso con el llamado ministerial para el bien de la nación (SEBAD-G, s. f.-b).
Esta secuencia —campaña, iglesia, instituto, seminario, superación ministerial— es la traducción histórica de 2 Timoteo 2:2. El avivamiento que no abre escuela se consume. La escuela que se olvida del avivamiento se seca. El pentecostalismo de las Asambleas de Dios en el Ecuador nació queriendo ambas cosas.
Aplicación pastoral para la iglesia y el seminario en el Ecuador
¿Qué implica hoy este mandato para pastores, estudiantes y congregaciones?
Primero, recuperar la dignidad del estudio como acto de adoración. Estudiar la Biblia no es «lo académico» frente a «lo espiritual». Es amar a Dios con la mente (Mateo 22:37). Un joven que se queda hasta tarde memorizando un pasaje, un pastor que prepara su sermón con concordancia y oración, una hermana que cursa el sabatino después de una semana de trabajo: todos ellos procuran presentarse aprobados.
Segundo, no confundir el llamado con la suficiencia inmediata. El llamado es soberano; la preparación es responsable. Moisés fue llamado y, aun así, debió aprender a pastorear un pueblo. Pablo, fariseo instruido, debió ser enseñado de nuevo por Cristo y por la iglesia. El que dice «Dios me llamó, no necesito seminario» suele estar citando su prisa, no las Escrituras.
Tercero, la iglesia local es el primer aula. El seminario no reemplaza a la iglesia; la sirve. Hechos 2:42 describe una comunidad que perseveraba en la doctrina de los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan y en las oraciones. El pastor que no enseña está desobedeciendo tanto como el pastor que no ora. Las clases dominicales, las células, el discipulado de nuevos creyentes y el acompañamiento de obreros son educación teológica en la vida cotidiana.
Cuarto, la formación debe ser doctrinalmente pentecostal y éticamente santa. No basta con «cursos». Se necesita una teología que confiese la Trinidad, la salvación por gracia mediante la fe, el nuevo nacimiento, el bautismo en agua por inmersión, la Cena del Señor, el bautismo en el Espíritu Santo con la evidencia inicial de hablar en otras lenguas, la santificación progresiva, la sanidad divina provista en la expiación y la esperanza bienaventurada de la venida de Cristo (CGAD, s. f.). Y se necesita un carácter que no desmienta esa teología. Tito 2:7-8 pide al ministro ser «ejemplo de buenas obras», con «integridad» y «palabra sana e irreprochable».
Quinto, invertir en obreros es misión, no gasto. La visión de la CEADE incluye «la evangelización, formación de líderes, impulsando las nuevas generaciones» y el cuidado de los ministros (CEADE, s. f.). Una iglesia que envía a sus llamados al SEBAD-G está plantando el futuro de su púlpito. Una iglesia que retacea esa inversión está hipotecando su mañana.
En un país donde abundan las voces religiosas, las redes sociales y las teologías de consumo, el obrero aprobado es un don pastoral para el pueblo. No se avergüenza de Cristo ni de las Escrituras. No vende un evangelio de atajos. No apaga el Espíritu. Usa bien la Palabra de verdad.
Conclusión
2 Timoteo 2:15 no es un versículo para el letrero de un aula: es la vocación del ministerio evangélico. Dios sigue buscando obreros que se presenten a Él aprobados, que no tengan de qué avergonzarse y que corten en línea recta la Palabra. El pentecostalismo de las Asambleas de Dios —trinitario, evangélico, misionero y lleno del Espíritu— no puede ser fiel a su propia Declaración si abandona la educación teológica. La CEADE lo entendió desde 1964. El SEBAD-G existe para que esa obediencia no se interrumpa.
Que cada estudiante abra sus libros como quien abre la Biblia delante de Dios. Que cada pastor recuerde que enseñar es parte del evangelio que predica. Y que la iglesia en el Ecuador no se canse de formar, porque el Señor no se ha cansado de llamar.
Referencias
Concilio General de las Asambleas de Dios. (s. f.). Declaración de verdades fundamentales. https://ag.org/es-ES/beliefs/Statement-of-Fundamental-Truths
Conferencia Evangélica de las Asambleas de Dios del Ecuador. (s. f.). Sobre nosotros. https://ceade.ec/sobre_nosotros
Pearlman, M. (1937). Knowing the doctrines of the Bible. Gospel Publishing House.
Santa Biblia Reina-Valera 1960. (1960). Sociedades Bíblicas Unidas.
Seminario Bíblico de las Asambleas de Dios de Guayaquil. (s. f.-a). Seminario Bíblico de las Asambleas de Dios – Guayaquil. https://sebad-gye.org/
Seminario Bíblico de las Asambleas de Dios de Guayaquil. (s. f.-b). Sobre nosotros. https://sebad-gye.org/sobrenosotros/
Tennison, A. (2024, 21 de agosto). Lo que creemos sobre el bautismo en el Espíritu Santo. Influence Magazine. https://influencemagazine.com/es-ES/Practice/What-We-Believe-About-Spirit-Baptism



